Para muchas personas, todavía supone un tabú el escuchar la palabra: psicólogo. Son muchas las teorías populares que se oyen en entornos cotidianos con una seguridad afirmadora y poco estudiada: “el psicólogo es ese que lee tu mente”, “paso de ir a un psicólogo a que me psicoanalice”, “yo no tengo que ir al loquero, porque ¡no estoy tan loco!”, etc. 

 

Por desgracia, la psicología, en nuestro país, no ha conseguido obtener una fama absolutamente positiva. Es habitual que acudamos al médico cuando nos rompemos un brazo. Un brazo roto nos produce dolor y nos dificulta o impide seguir realizando las actividades de nuestro día a día. 

Sabemos que, ante un brazo roto, debemos buscar atención profesional, y lo hacemos de manera rápida y natural. Sin embargo, cuando sufrimos de estrés por pensamientos recurrentes negativos que nos machacan día a día, muchas veces no hacemos nada. Esos pensamientos recurrentes negativos nos producen, al igual que el brazo roto, dolor, y también nos dificultan o impiden seguir realizando nuestras actividades de manera efectiva.

 

Sabiendo esto, ¿Por qué no acudir a un profesional de la salud especializado en el tratamiento de este tipo de afección? Los psicólogos son aquellas personas que se dedican profesionalmente a la Psicología en términos generales. La Psicología es definida como la ciencia que se ocupa del estudio de los procesos mentales, divididos en tres áreas: pensamiento, emociones y conducta.

 

Vivimos en una sociedad constantemente cambiante. Nuestra necesidad de adaptarnos a situaciones nuevas es cada vez mayor, la velocidad a la que avanza el mundo marea a algunos, y por lo visto pocas personas gozan de afirmar que les sobra el tiempo. Vivimos, en general, acelerados. Los altibajos suelen frecuentar en nuestras viviendas, en nuestras familias, en nuestras parejas y amistades y en nuestra propia psicología. No nacimos enseñados para gestionar nuestras emociones, para entender ciertas conductas, para educar a nuestros hijos, para superar una pérdida o adaptarnos a un gran cambio. En las escuelas e institutos tampoco se suele enseñar o, por lo menos, no se dedica la suficiente atención a tales conocimientos.

 

Cuando una persona tiene problemas de corazón, acude a un cardiólogo, y a ser posible, a uno en el que confíe y con el que se sienta a gusto. Cada persona debería escoger su psicólogo.Puesto que no todos tenemos problemas de corazón, pero sí alteraciones en nuestros procesos mentales y situaciones difíciles que, en un momento u otro, acaban por afectarnos.

Laura Lupón Lorente